"Vivir en el mundo sin conocer las leyes de la naturaleza es como ignorar la lengua
del país en el que uno ha nacido"


Hazrat Inayat Khan (místico musulmán sufí)
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- Vida en otros planetas

Que contestarías si te preguntasen "¿qué harías para detectar vida en otro planeta que no se parezca en nada al nuestro?, ¿cómo detectarías la vida que no puedas ni imaginar?"



Hace algún tiempo (abril de 2011) publiqué en este blog un cuento en tres partes para explicar de forma simple el proceso de la vida. Parece que tuvo muy poco éxito de lectura de acuerdo con las estadísticas de Blogspot. Hay gustos para todo.

La conclusión de ese cuento era que un sistema vivo no podía ser algo que sólo fuese capaz de autorreproducirse. La reproducción contínua, uniforme, es como crecen los cristales que se acumulan hasta agotar existencias. La vida requiere variación. Si se da variación no todos los elementos serán iguales, habrá competencia entre ellos, habrá variaciones que tengan mayor o menor eficacia en esa competición, habrá, como consecuencia, evolución.

Creo que un sistema que se autorreproduzca con variación y, lógicamente, que esta variación se conserve y se transmita a las siguientes generaciones, deben ser condiciones necesarias y suficientes para ser considerado y, por lo tanto, definir a un ser vivo.

Como consecuencia, en la definición de un ser vivo son totalmente prescindibles las moléculas con las que esté hecho, las estructuras que contenga, ya sean macromoléculas, membranas o cualesquiera otras estructuras, y las funcionalidades que tenga.

Si aceptamos esta definición de ser vivo, la pregunta peliaguda aparece cuando nos planteamos ¿cómo detectar vida fuera de la Tierra?, ¿cómo detectamos algo que no se parezca en nada a lo que conocemos?

La vida en otros planetas puede estar basada en aminoácidos o no, puede contener lípidos o no, puede, incluso, no estar basada en la química del Carbono y usar otros elementos y moléculas distintos a los que usan los seres vivos terrestres. Por tanto la búsqueda no puede ir dirigida a encontrar ninguna molécula ni reacción química que podamos imaginar.

En este punto quiero traerles a su conocimiento la conferencia impartida por el experto en sistemas vivos artificiales Christoph Adami en octubre de 2011. Un experto en la búsqueda de vida extraterrestre de la NASA le hizo la pregunta: –"¿Qué biomarcador podríamos utilizar para buscar vida en otros planetas o en meteoritos?"– La contestación fue –"Ni idea"– Y a raíz de esta consulta se planteó cómo podríamos buscar vida que no se parezca en nada a la vida tal como la conocemos.

En su conferencia Adami plantea que las moléculas esenciales que forman un ser vivo deben cumplir una propiedad, ser diversa en su composición y sus componentes deben tener frecuencias no esperadas por puro azar. En un intento de acercar estas ideas al público Adami compara las frecuencias de las letras presentes en un libro –sobre cualquier tema, es decir con información, y escrito en cualquier idioma– con las frecuencias que tendrían en un libro escrito por un mono aporreando el teclado, es decir sin información. Este análisis lo compara con las frecuencias de los aminoácidos en las proteínas de cualquier ser vivo frente a las frecuencias de una sopa abiótica. La conclusión a la que se llega es del todo evidente y predecible, lo aleatorio es monótono mientras que lo seleccionado y evolucionado es diverso.

Creo que aquí Adami repite el mismo error que llevó a los científicos de la primera mitad del pasado siglo a rechazar que el ADN fuese la molécula de la herencia de los seres vivos.

El análisis de las frecuencias de los componentes propuesto por Adami habría tenido un resultado muy poco atractivo si en lugar de los aminoácidos de las proteínas hubiese analizado el contenido de la principal molécula de la vida, la molécula de la herencia de todos los seres vivo, el ADN. Más que poco atractivo, el resultado habría rechazado su propuesta de manera fulminante, ya que en la inmensa mayoría de los seres vivos, la molécula hereditaria, la molécula con la que se transmite la información de cómo ha de ser el nuevo ser que nazca, qué le hará tener unas u otras estructuras y funciones, qué le hará parecerse a sus parientes cercanos y a los individuos de su misma especie, la molécula que contiene toda esta información es una molécula tremendamente simple y monótona.

Esta aparente simpleza de la estructura del ADN fue lo que llevó a los científicos de la primera mitad del pasado siglo a rechazar, o en el mejor caso a dudar, que esta molécula fuese la molécula de la herencia de los seres vivos. Todos esperaban que esa molécula debería ser tremendamente compleja como complejos son los seres vivos.

La equivocación estribó en que esa complejidad se buscaba en la estructura molecular. Un molécula cuyo contenido era sólo de cuatro elementos, conocidos por la primera letra de su nombre químico: A, T, G y C, y repetidos en enormes polímeros siempre con la misma proporción, un cuarto de cada uno de ellos, no tenía ninguna posibilidad de ser la que llevaba la información de la enorme diversidad y variabilidad de los seres vivos.


¿Dónde están escritos los planos para construir esa tremenda biodiversidad? Evidentemente en el ADN, pero esa escritura no hay que buscarla en la estructura de la molécula. Como se demostró durante los años 60 y posteriores, la información que almacena el ADN está en el orden en el que se encuentran estos cuatro elementos o letras del alfabeto de la vida, y en este orden se encuentra una información prácticamente infinita.

La vida, por tanto, está basada en el orden de las letras del ADN, en la información que se transmite durante la reproducción, no en la estructura de las moléculas que se transmiten.

Retomando la pregunta sobre qué biomarcador habría que usar para descubrir si hay vida fuera de la Tierra por muy diferente que ésta fuera a lo que conocemos, la contestación es que no se debería usar ninguno que buscase algún parecido con las estructuras que conocemos. Lo que se debería buscar es si alguna de las moléculas que se pudieran analizar (a lo peor no podríamos ni analizarlas) contuviese alguna forma de almacenar información basada en el orden de sus elementos y que esta información fuese muy variable entre los individuos (unicelulares, pluricelulares o, incluso, acelulares) que habitasen el planeta.

Para analizar si hay información hay que descubrir si hay orden, y para ello hay que estudiar las estructuras de las moléculas, y para ello hay que saber qué muestras habría que estudiar, y para ello su química tendría que ser lo suficientemente parecida a la de la Tierra para aplicar nuestros conocimientos. Aquí hemos pinchado en hueso.

Mi conclusión es que, a menos que podamos descubrir la presencia de información aún sin conocer su estructura, está dentro de lo posible que no sepamos descubrir la presencia de otras vidas aunque nos choquemos con ellas.



1 comentario:

  1. Muy interesante!
    Que el propio ADN se nos hubiera pasado de largo, si lo hubiérmos analizado en otro contexto, da mucho que pensar..

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