"Vivir en el mundo sin conocer las leyes de la naturaleza es como ignorar la lengua
del país en el que uno ha nacido"


Hazrat Inayat Khan (místico musulmán sufí)
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- Porqué somos como somos?


Todos los humanos estamos definidos por nuestras características físicas externas (sexo, altura, peso, color de piel, de ojos, de pelo, forma de la cara, cantidad de cabello, etc.) pero sobre todo lo que nos define e individualiza como personas son rasgos tales como las características psicológicas, la inteligencia, nuestras habilidades y capacidades tanto manuales como mentales, nuestro humor, temperamento, agresividad, empatía y un larguísimo etcétera. ¿Estos rasgos de personalidad están determinados por los genes o por el ambiente?
Lo primero que hay que indicar es que los rasgos de la personalidad son difíciles de medir por cuanto no tienen una definición clara incuestionable. Algunas características, sin embargo, han sido objeto de los test de concordancia (parecidos entre gemelos, hermanos y adoptados, criados juntos o separados) y otras se han beneficiado de estudios moleculares y fisiológicos más detallados.
La inteligencia es probablemente uno de los rasgos sobre el que más estudios se han realizado y también el que mayor controversia ha suscitado sobre su determinación hereditaria o ambiental. En un test de concordancia se puede apreciar tanto el efecto de los genes sobre la inteligencia –los gemelos criados juntos superan con creces a los mellizos y hermanos criados juntos y éstos a los hermanos de adopción criados juntos que no comparten ningún gen– como la influencia del ambiente –los gemelos criados separados disminuyen su concordancia de forma patente frente a los criados juntos, al igual que los hermanos criados juntos tienen un parecido mayor que los criados por separado– De estos trabajos se ha podido concluir que la inteligencia tiene un componente genético alrededor de 0,6 que quiere decir que las diferencias de la inteligencia entre las personas se debe un 60% a los genes y el resto al ambiente. De este 40% ambiental se ha sugerido que casi la mitad se debe a la influencia del ambiente intrauterino. Este valor puede parecer demasiado elevado, pero parece lógico si se piensa que el primer factor requerido para una inteligencia normal es un desarrollo adecuado de todo el organismo y, sobre todo, del cerebro; cualquier alteración durante los primeros meses de desarrollo fetal y embrionario, como los producidos por el tabaco, exceso de alcohol, mala alimentación o enfermedad por parte de la madre gestante, puede tener graves consecuencias sobre el desarrollo del nuevo ser.
Estudios parecidos se han realizado estudiando la capacidad de aprendizaje, la agresividad, los estados de ánimo y algunas características que conforman la personalidad humana. La agresividad, y su consecuencia la criminalidad, tiene un alto componente hereditario. Los niños adoptados acaban teniendo un comportamiento de agresividad más parecido al de sus padres biológicos que al de sus padres adoptivos. Esto es así porque en gran medida la personalidad agresiva se debe a los niveles de neurotransmisores en el cerebro y estos niveles están directamente regulados por los genes. 
De la misma manera dependen en gran parte de los genes características de la personalidad como la capacidad de aprendizaje. No aprendemos lo que nos dictan nuestros genes pero aprendemos mejor aquello para lo que nuestros genes nos han preparado mejor. El hecho de tener unos determinados genes nos predispone a experimentar un ambiente determinado o a disfrutar con el deporte o con actividades intelectuales o manuales. Los genes no nos hacen deportistas, inteligentes o habilidosos sino que nos hacen que disfrutemos aprendiendo, que nos recreemos haciendo algo cuyo aprendizaje nos resulta fácil. Al disfrutar con una actividad pasaremos más tiempo realizándola y, como consecuencia, desarrollaremos más nuestro adiestramiento y preparación. Se trata, por tanto, de una influencia ambiental promovida por nuestros genes. Dicho de otra manera, los genes determinan que un determinado ambiente pueda influirnos o no. Cuánto le corresponde a unos y otros es difícil cuantificar.
Un aumento de la serotonina, un neurotransmisor, puede ser la causa de muchos comportamientos alterados como la prudencia neurótica, el orden obsesivo o el síndrome obsesivo-compulsivo, mientras que su disminución causa depresión y ansiedad. Pero aunque el nivel de serotonina depende principalmente de los genes, se sabe que la oscuridad invernal puede deprimir por disminución de este neurotransmisor mientras que el ejercicio físico o viajar hacen subir los niveles y esta subida hace que nos encontremos con mejor humor. Es decir que aunque los niveles de serotonina están influidos por los genes, tienen también una influencia ambiental. Otro neurotransmisor, la dopamina, es un determinante de una buena panoplia de rasgos de personalidad y se le conoce como la sustancia de motivación del cerebro. Los individuos con bajos niveles de dopamina son personas que se aburren frecuentemente y necesitan buscar sensaciones fuertes que los estimulen. Por el contrario, los poseedores de altos niveles son hiperactivos y curiosos. Muchos otros comportamientos se deben a la conjunción de los niveles de estos y otros neurotransmisores.
 Un caso interesante es el comportamiento causado por el estado de enamoramiento. La pasión amorosa hace subir los niveles de dopamina y disminuir los de serotonina. El aumento del primero parece ser la causa del estado de felicidad y euforia cuando se está en presencia de la persona amada, mientras que la disminución de la serotonina parece ser la causa del comportamiento de ansiedad cuando no se está cerca y del deseo de posesión de la pareja. Esta forma de actuación de los neurotransmisores en este ejemplo tienen una explicación evolutiva dado que entre ambos logran que la formación de una pareja produzca felicidad, deseo de estar juntos y un comportamiento posesivo del otro que asegura la estabilidad y, consecuentemente, el cuidado de la prole, lo que aumenta la probabilidad de transmisión de esos genes.
Otras características personales se deben a trastornos de la personalidad y están determinadas por alteraciones de algunos genes. En estos rasgos la influencia de los genes es decisiva y son las causantes de trastornos como la depresión, el trastorno bipolar, los trastornos de ansiedad y pánico (claustrofobia, agarofobia, acrofobia, etc.), el autismo, el síndrome de Tourette, etc. El autismo, por ejemplo, tiene un nivel de concordancia entre gemelos del 85% mientras que entre mellizos baja a un 10%, lo que indica un origen mayoritariamente genético.
Pero el determinismo genético es tan erróneo como el determinismo ambiental. En la mayoría de los rasgos relacionados con la personalidad –la inteligencia, el aprendizaje, el comportamiento– es indudable la importancia de los genes, y a medida que vamos conociendo la función de más genes vamos pudiendo explicar esta influencia. Pero el hecho de tener unos genes no implica obligatoriamente su expresión. Los genes que intervienen en estas características predisponen a su poseedor a disfrutar con un determinado comportamiento, a frecuentar determinados ambientes y personas y a crearse una determinada personalidad, pero si no dispone de ese ambiente propicio es más difícil que consiga ese rasgo final.
[Este tema y otros relacionados para entender las implicaciones de la Genética en la vida contemporanea están descritos con mayor detalle en el libro de divulgación: "Destimados por el azar" del mismo autor de este blog]

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