"Vivir en el mundo sin conocer las leyes de la naturaleza es como ignorar la lengua
del país en el que uno ha nacido"


Hazrat Inayat Khan (místico musulmán sufí)
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- ¿Qué es la Vida? 2


Capítulo 2
Parece que ha confundido la salida, la puerta elegida no le lleva al exterior sino a otro salón con una fiesta que parece algo más animada. Al menos la música no es tan monótona. La barra sigue siendo igual de libre y los canapés siguen “pareciendo” igual de apetitosos. Por todo el perímetro de la estancia se ven más cajas de papel.
Temiendo que la fiestecita continuara en este salón con el mismo “jolgorio” del anterior, se dirige rápido a la barra. Pide el mismo cóctel que antes no pudo casi probar mientras recorre con la vista las posibles salidas del lugar. 
Al escuchar la temida campanilla arruga las cejas y mira a su alrededor. Relaja un poco el rostro cuando ve que una atractiva chica se le acerca. El rostro pasa a una expresión alegre cuando la chica se detiene junto a él para pasarle una hoja de papel que le devuelve la arruga a las cejas. Ella se da cuenta y le susurra al oído –me han dicho que, para añadir un poco de diversión, en algún momento se puede cambiar una instrucción, eliminar o añadir una nueva o cualquier otra modificación que se te ocurra–
Le agradece la información mientras ella se aleja. Las cejas arrugadas dan paso a una cara de no muy buenos amigos cuando lee las mismas cuatro instrucciones que tantas veces había tenido que escribir poco antes.
Tras la barra libre, de la que no se había separado mucho, observa un bote de pintura amarilla. Parecía de esas de secado rápido por lo que se le ocurre añadir una nueva instrucción en la hoja nueva que acaba de coger y escribe:

10. Sigue estas instrucciones
20. Consigue una hoja nueva
25. Pinta la hoja nueva de amarillo
30. Copia este texto en la nueva hoja
40. Al oír la campanilla reparte los papeles que tengas

Parece que el intervalo entre campanadas es aquí un poco más largo. Busca con la mirada a la chica que le dio el papel. Desaparecida. Tuerce el gesto. Suena la campanilla. Reparte sus dos hojas mientras recoge tres que le pasan. Las ojea mientras las hojea. Dos son repeticiones de lo mismo pero la tercera tiene una instrucción añadida:

26. Recorta la hoja nueva para darle forma ovalada

–Bueno– suspira, piensa –no llamaría a esto “diversión”, pero al menos podrá ser algo diverso–
Coge las tres hojas nuevas que necesita. En un extremo de la barra libre alguien deja unas tijeras. Se acerca. Las coge. Recorta una de las hojas en blanco para darle una forma que alguien podría asimilar a un balón desinflado. Lo da por válido. Siguiendo la cuarta instrucción copia en esta hoja las cinco instrucciones. A continuación copia las viejas cuatro instrucciones en las dos hojas que le quedan. Tiempo para dar un sorbo al cóctel que había dejado sobre una cercana mesita.
La campanilla no se hace de rogar mucho y vuelta al trabajo. Reparte seis hojas, una de ellas, cree, ovalada. Recibe cinco hojas. El ojeo del hojeo le dice que volvemos a lo mismo de antes. Recoge cinco hojas nuevas. Transcribe las cuatro instrucciones en cada una. Pasea un poco por hacer algo mientras espera. Otea sobre las cabezas en busca de la chica mona. Nada. Piensa que va a durar muy poco en aquella divertida fiesta. Campanilla.
Reparte rápidamente sus diez hojas. Esta vez recibe seis hojas normales, dos amarillas y tres ovaladas.
–Al menos ahora hay algo de variación– se consuela.
Empieza por las amarillas, para eso son la tercera generación de la que él modificó. Sus biznietos. Pinta dos hojas de amarillo y escribe sus instrucciones. Recorta tres hojas a mano, la barra le queda un poco lejos, para componer algo parecido a un papel pellizcado y escribe sus cinco instrucciones. Suelta en la mesita cercana las diez hojas listas para el reparto. Prepara seis hojas nuevas para escribir. Por seguridad ojea rápidamente las que le han pasado y advierte que dos hojas tienen cinco líneas escritas. La primera contiene:

25. Pinta la hoja nueva de amarillo

Se da ahora cuenta que es su letra. Es la primera hoja que él escribió que ha regresado a sus manos. Bien. Pinta otra de amarillo y copia sus cinco líneas. La siguiente hoja de cinco líneas dice así en su cuarta instrucción:

34. Plastifica la hoja

En una de las hojas nuevas que le quedan copia las cinco instrucciones y se va hacia barra libre a probar suerte. Hay suerte porque han colocado una plastificadora de papeles. La usa con el suyo. Le quedan cuatro hojas que rellenar con las viejas cuatro instrucciones. Terminado el trabajo. Sorbito de cóctel. Paseo. Oteo. Campanilla. Reparto. Recogida. Diecinueve hojas.
Ojeo del hojeo. Parece que esto se anima. Encuentra tres amarillas, siete ovaladas, dos plastificadas y siete normales. Empieza por sus amarillas. Una tiene seis instrucciones: las cuatro tradicionales, la  25 que él añadió y una más que acababa de añadir quien se la había pasado:

26. Recorta la hoja nueva para darle una forma ovalada

De acuerdo, sigamos las instrucciones. Pinta de amarillo, recorta y copia las seis instrucciones en una hoja. Pinta de amarillo y copia cinco instrucciones en dos hojas. Recorta para ovalar siete hojas que posteriormente escribe. Escribe seis instrucciones en dos hojas que luego plastificará. Copia las cuatro instrucciones originales en las siete restantes. El trabajo aumenta pero entretiene.
Campana. Reparte treinta y ocho hojas. Recoge cuarenta y dos. Ojea mientras hojea. Sigue las instrucciones. Sorbito de nada porque el cóctel aparece derramado sobre la mesa. Oteo para nada. Camina hacia la barra libre para nada ya que antes de que le sirvan un nuevo cóctel la campanilla le dice que hay que repetir el protocolo. Lo repite.
La siguiente ocasión en que oye la campanada contempla un rostro conocido que se acerca. Es ella.
–Divertido?– le chilla para hacerse oír.
–Bueeeno– arrastra la e al contestar para cambiar el sentido de la palabra.
Tras repartir entre los que les rodeaban la carga de papeles que tenían preparados, él recibe setenta y nueve papeles, ella ciento siete. Siempre atrae más una cara bonita. Se miran con complicidad. Ella le sonríe mientras toma sus papeles. El montón de 186 hojas que sujeta entre las dos manos están a punto de salir volando.
–Espera!– susurra con voz fuerte él –déjame ver qué hemos cosechado entre los dos–
Aunque sorprendida, le ayuda en el recuento: 8 originales, 28 amarillas, 35 ovaladas, 8 plastificadas, 62 amarillas ovaladas, 22 amarillas plastificadas, 19 ovaladas plastificadas, 14 amarillas ovaladas plastificadas. Antes de que caiga el último papel al suelo ella le coge de la mano y tira para arrastrarlo entre una multitud entusiasmada y ruidosa.
El exterior parece una balsa sobre un mar en calma. Las pocas farolas que perduran luchan por romper la oscuridad.
–¿Para qué querías contar los papeles?–
–Se me ocurrió una idea tonta: si los papeles fueran seres vivos y las instrucciones su herencia genética, la primera sala estaba llena de una invariable monotonía tremendamente aburrida, en la segunda había algo de variabilidad lo que le daba un poco de diversión a la fiesta y motivaba a la gente a seguir jugando–
–¿Sacaste alguna conclusión del recuento?–
–Si. A pesar de que las hojas con una instrucción nueva fueron anteriores a las que llevan múltiples adiciones y tuvieron más oportunidades para reproducirse, las hojas con dos nuevas instrucciones se reprodujeron más, lo que indica que fueron preferidas por los invitados que dejaron de copiar las más simples por ser más monótonas. También que las hojas que contenían la plastificación tuvieron desventaja al ser más complicadas de realizar. Podríamos calcular la eficacia reproductiva de cada nueva instrucción…–
Deja de divagar al ver que ella se aleja tapándose los oídos. Se une en silencio a ella para seguir camino a ninguna parte.

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